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Rompiendo esquemas

By Agustina Abarca.


Hace unos sábados atrás me encontré con uno de los tantos personajes típicos de los viajes. Se encuentran entre la multitud de personas que a diario usan el colectivo, tren o subte. Sin embargo, hay algo en ellos que los resalta, los hace distintos del resto: su incontinencia gestual y corporal. Son cantantes, guitarristas, bateros frustrados. Desinteresados ante las posibles críticas, miradas furiosas e incómodas. Se dejan llevar sin temor o preocupación del lugar en que se encuentran. Dedican sus viajes a imaginar e interpretar las canciones que solo ellos escuchan. Los pasajeros son su público. El colectivo es su escenario y todos lo elementos que hay en él pueden servir como parte del espectáculo.


Si no imaginen a nuestro amigo que viajaba en el 106 un sábado por la madrugada. Su pinta lo decía todo: campera de cuero, jeans gastados, borcegos negros y pelo largo recogido en una cola de caballo. Una vez que subió al escenario eligió el mejor sector para hacerse notar. La gente estaba agolpada en los asientos traseros, por lo cual se quedó parado justo antes de subir los escalones del fondo. Empezó a preparar su equipo conectando sus auriculares y, a partir de ese momento, nuestro amigo ya no era más el de todos los días. No señor, él se había convertido en un guitarrista probablemente del repertorio de los metaleros, un músico hecho y derecho con la habilidad de convertir en las cuerdas de su instrumento a todo objeto que estuviera cerca. Primero comenzó con un movimiento disimulado de sus dedos sobre sus piernas. Como es de esperarse, era el inicio de la canción, lo mejor debía dejarse para el final.

A medida que transcurrían los segundos la velocidad de sus movimientos fue aumentando, se notaba cómo este hombre estaba por romper la barrera de la sutileza para así llegar a montar todo un espectáculo. Una vez que la traspasó ya no le importaba quién estaba viendo, de hecho, tenía sus ojos cerrados. Quizás era para evitar las muecas de risa de la gente, o para una mayor concentración, pero lo que sí sabemos es que comenzó a tocar una guitarra imaginaria a una velocidad que impresionaba. ¿Quién podía atreverse en ese momento a frenarlo y prohibirle que continuara? ¿Quién podría considerar irritante a semejante personaje que lo único que hacía era cerrar los ojos y tocar un rato una viola que no existe? Como decía, el show guardaba lo mejor para el final. Antes de bajar del escenario el guitarrista comienza con su solo, pero ya no es más una guitarra imaginaria la que toca.

El pasamano tomó un lugar central en el espectáculo, en donde, nuestro amigo interpretaba sus últimos acordes, frenéticos, apresurados movimientos que marcaban el cierre del show. Una vez terminada la canción toca el timbre, con total normalidad se baja, prende un cigarrillo y sigue su camino. Desde la calle, le dedica una breve mirada a su escenario: ya volvió a ser uno más entre muchos, al menos, hasta su próximo viaje. 

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