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Latinidad: reconstruyendo nuestro pasado, deconstruyendo nuestro presente

El año pasado, fui invitada a un congreso mundial en Estados Unidos, destinado a empleados latinos de la empresa en la que trabajo. En la invitación decía que podía acudir “todo aquel que se autoidentificara latino”. Ya desde el comienzo, eso me llamó la atención: ¿ser latino es algo que podemos elegir? 

El congreso fue sumamente interesante. Un grueso de los concurrentes ni siquiera habían nacido en Latinoamérica, aunque sus antepasados sí. Por otro lado, muchos compañeros brasileños admitían que a veces les costaba identificarse como “latinoamericanos” por no ser hispanohablantes. 

Durante esos tres días de charlas, conferencias y talleres, empezó a nacer en mí el interés por entender más sobre esta carga cultural a la que llamamos latinidad. Nuestro sentimiento de pertenencia, ¿en qué radica? ¿Es solamente una identidad basada en el lugar de nacimiento? ¿tiene sus bases en nuestras comidas, vestimentas, idioma y música? ¿O tal vez está atravesado por una historia común de conquistas, desigualdad social, clasismo, mestizaje, dictaduras y corrupción? ¿Existe la latinidad? ¿Es una sola? 

Quizás nunca te pusiste a pensar en qué significa ser latinoamericano. Hasta el año pasado, yo tampoco lo había hecho. Y es que esta palabra, que para algunos puede significar un orgullo y para otros un estigma, parece muy clara desde lejos pero se vuelve más y más confusa a medida que intentamos comprenderla. Si te interesa empezar a vagar por ese concepto te recomiendo este ensayo que debate sobre las implicancias de ser latino. 

En esta nota, intentaré dejar algunas preguntas abiertas para que podamos repensar nuestra configuración latina. Desde ya, pido disculpas, pues puedo pecar de reduccionista, dada la complejidad teórica del concepto. Pero la invitación está hecha: ¡a reconstruir y deconstruir! 

Pablo tiene diez años y vive en Florida, Estados Unidos. Migró cuando apenas sabía caminar. Su padre es panameño y su madre, colombiana. Él nació en Bogotá. Sus amigos son todos “gringos”, como los llama él, pero en su casa se escuchan frases en spanglish producto de la educación de sus padres. Celebra los días patrios de Colombia y Panamá, pero también sale de fiesta el 4 de Julio. En su grupo lo apodan “latino” y, de hecho, él se identifica así cuando debe llenar un formulario gubernamental. Su dieta se varía entre hamburguesas con cheddar y Sancocho casero. Su familia vive en un suburbio de clase baja. 

Kate acaba de cumplir 20 años. Ella dice que es chilena, aunque en su partida de nacimiento figura Francia como su nación de origen. Llegó al país cordillerano cuando tenía seis años, como consecuencia del trabajo de su padre. Realizó todos sus estudios en Santiago y sus amigos viven en el mismo barrio que ella. Ya casi no habla francés. 

Maximiliano nació en México, en una familia de clase alta. Fue a un colegio alemán conservador y estudió en una universidad extranjera. Pertenece a un club de alto rango italiano y solo escucha música extranjera. Todos sus conocidos fueron criados de la misma manera. Hay días en los que habla alemán con su familia solo por diversión.

Estos casos, que caen en lugares súper comunes y presentan realidades bastante simplistas, buscan ejemplificar qué tan complejo se vuelve definir un estilo de vida como “latino” cuando las realidades son tan dispares. 

El diccionario se queda corto al decir que “latinidad” consiste en la condición o carácter de lo latino (dado que se nos hace difícil delimitar cuáles y cómo son estos aspectos). Su segunda acepción es aún más vaga: “Tradición cultural latina”; ¿cuál sería esa tradición ?

Originalmente, algunos rasgos que tuvieron vigencia en las culturas latinas se trasladaron desde Europa a América de la mano de la cristiandad, mezclándose y adaptándose dúctilmente. Con el tiempo, este clivaje dio lugar al surgimiento de una “cultura latinoamericana”. 


Mientras que los colonizadores se encargaron de borrar toda raíz autóctona que quedaba en tierra, hoy seguimos buscando eso que nos resulta tan nuestro, aunque no sepamos bien qué es. Y el entramado histórico no puede ser tomado linealmente, tal como José Ortíz Monasterio teoriza en sus apostillas sobre la latinidad. 

A decir verdad, si los latinos fuéramos solamente un conjunto de personas que hablan en cierto idioma, visten de determinada manera, escuchan cierto tipo de música, y consumen comidas parecidas, pecaríamos de superficiales. Por el contrario, pienso que el ADN latinoamericano quizás tenga más que ver con una historia de mestizaje, supervivencia europea, dictaduras militares, puja constante entre el socialismo y el capitalismo, machismo arraigado, privilegio blanco, desigualdad social, hiperinflación y tantos otros fenómenos sociopolíticos y económicos imposibles de explicar a alguien que ha pisado nunca este suelo. 

Nadie mejor que nosotros entiende lo que la noción de “desaparecidos” representa, aún cuando quien escribe esta nota no haya vivido durante un gobierno de facto. Sin embargo, el sentimiento está ahí y celebramos cada vez que aparece un nieto recuperado. Se nos vuelve complejo justificar la presencia de vagones exclusivos para mujeres en el metro mexicano aún cuando algunas se sienten seguras caminando por DF. Es bastante larga de contar la historia del levantamiento estudiantil chileno, cuando su presidente afirma que el país es el más prolífico de la región. Seguramente termine en discusión una charla sobre la situación gubernamental en Venezuela aunque Maduro no dé el brazo a torcer en su discurso. 

Como dice la popular canción del hoy disuelto grupo Calle 13: “Soy la fotografía de un desaparecido. La sangre dentro de tus venas, soy un pedazo de tierra que vale la pena. Soy una canasta con frijoles, soy Maradona contra Inglaterra anotándote dos goles. Soy lo que sostiene mi bandera, la espina dorsal del planeta es mi cordillera.”

Y así, levantando la alfombra y mirando al pasado, descubrimos que el entramado se convierte en nudo y que lo que antes creíamos que era muy sencillo de clasificar como “cultura” ahora se empieza a parecer un poco más a una identidad. ¿Se puede escapar de ella? ¿Se puede adoptar? 

Ángela Camacho (@thebonitachola) dirá que, en realidad, la latinidad no existe. Que es un concepto construido que genera un impacto real en las personas racializadas. Una palabra que generaliza las experiencias de las personas de este territorio. Dirá que es una manta que cubre y encasilla a todos los latinoamericanos bajo una misma denominación, una misma experiencia. Clasificará el término como fascista y nacionalista. Planteará que este concepto se vuelve violento y que silencia la violencia estatal cometida por cada país, ya que la latinidad la vuelve inexistente. 

Coincido con Ángela al decir que “la latinidad invisibiliza las latinidades”. Sin embargo, me parece vago afirmar que cuarenta y seis países podrían compartir las mismas vivencias, los mismos conflictos, la misma cultura, costumbres, historia y desafíos. Quizás deberíamos volver unos pasos para atrás y aceptar que un término que consideramos singular deba volverse plural y empezar a reflejar los diferentes escenarios posibles al interior del conjunto. De este modo, hablar de latinidades daría lugar a que cada persona que se autopercibiera como latina pudiera reflexionar sobre cómo es atravesado por este concepto. Podría abrir un mundo de posibles debates y deconstrucciones que abarquen el ámbito social, de género, político, económico, histórico, geográfico, entre muchos etcéteras. 

Las latinidades tendrán que ver con lo que cada sujeto identifique como único en su vida, en su casa o en su región. Entonces, darían una mirada crítica sobre la latinidad del que vive a mi lado. ¿Por qué mi latinidad es distinta a la de otros? Simplemente porque mi historia como mujer blanca de clase media no parece ser igual que la de un hombre blanco de clase alta, una mujer negra de clase baja, una comunidad originaria que vive en la indigencia y tantas otras posibles configuraciones. Nuestras luchas, nuestras oportunidades, nuestras calidades (y esperanzas) de vida van a ser dispares. 

Quizás hablar de una latinidad nos enceguece ante las vastas realidades presentes y nos reducen a una única –y, por lo tanto, imposible– identidad. Puede que nos parezca tan complejo definirla porque es un término utópico que solo nos lleva a una puja por justificar que mi latinidad es más real y verdadera que la de otros. 

Creo que sí existen características que nos agrupan, y de hecho mencioné algunas de ellas en esta nota. Sin embargo, son más –y más importantes– las que nos individualizan, porque serán ellas las que mostrarán todo lo que nos falta por recorrer aún en términos de equidad, derechos, visibilización, marginalidad, privilegios, integración y diversidad. Esta pluralidad a la que apelo transformaría no sólo nuestra propia concepción latina, sino el modo en cómo nos conciben los otros. 

Camila Luis

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