Crónicas

Una mala primera impresión

Capítulo 3 de “Crónicas de valija”. Todos los derechos reservados.

No habían pasado ni quince minutos de vuelo cuando, pese a tener los auriculares a todo volumen, sentí un ruido fuertísimo del lado izquierdo del avión. No sabía cómo sonaba una explosión hasta ese día.
Cuando puse pausa a la película y mire por la ventana, vi el ala prendida fuego.
Si, en llamas. A diez mil metros de altura. Me quedé paralizada. La espalda se me puso recta como una mesa. Tragué saliva y me agarré de los los apoyabrazos lista para sentir la caída libre. Clavaba los dedos en ese plástico rígido pensando que así, tal vez, me salvaba de una muerte casi segura.
Miré a mamá y me arrepentí de no estar sentada al lado suyo, porque un abrazo de ella hubiese calmado toda angustia. Mamá me miró y, como siempre, me transmitió su paz. Es de esas mujeres que pocas veces vi desesperada. Marta está siempre tranquila, siempre analizando cuál es la mejor opción ante un desafío. Ma, si estas leyendo esto ¿me confirmas si ese día tuviste miedo?. Porque yo, yo estaba cagada hasta la médula.

***

La verdad es que mi adolescencia no fue nada fácil. A causa de una enfermedad, mi papá estuvo en tratamiento por más de diez años y mucho tiempo internado fuera de casa.
En nuestra pequeña familia de tres, habíamos perdido el sustento económico más importante y mi mamá tuvo que ponerse la casa, su hija y su marido al hombro.
Recuerdo algunos recortes que tuvimos que hacer; y si bien nunca la pasamos mal, si se notaba que nuestras posibilidades habían cambiado. “Lo que se puede, se hace. Lo que no, no”, es una frase que me queda de aquella época y que hasta hoy aplico a mi economía personal.

Los años fueron pasando y mi papá se recuperó. Volvió a casa y consiguió un nuevo trabajo ya teniendo más de 55 años. Lo cuento porque realmente en Argentina eso es cuasi milagroso.
En el año 2012 tuvimos la posibilidad de viajar los tres a Estados Unidos de vacaciones. Era la primera vez que mis papás salían del Mercosur y la primera vez que como familia soñábamos unas vacaciones que algunos años antes nos parecían solo de revista.
Yo ya había pisado el país del tío Sam el año anterior por mi viaje de estudios pero me emocionaba mucho volver acompañada.

El itinerario se componía de tres ciudades: Washington, capital del país; Nueva York; capital de las luces y Boston, capital del buen gusto. (Si hablan con un yanqui sabrán que todas sus ciudades son capitales de algo y ellos son la capital del mundo).
Estábamos muy emocionados por ver el monumento a Lincoln, la Casa Blanca, subir al Empire State, leer los nombres de las víctimas en el memorial del 11 de Septiembre, patinar en el Rockefeller Center y muchas otras cosas que yo solo había visto en películas y creía que solo allí existían.

Teníamos fecha de vuelo el 8 de Febrero del 2012. En Buenos Aires se desataba una tormenta como esas que aparecieron en la última década gracias al accionar del hombre en la tierra: de un momento a otro el cielo se cubre de nubes negras, profundas. Sin previo aviso la lluvia copiosa sorprende a los bonaerenses que buscan refugio. Las calles se empiezan a anegar y los árboles de las veredas se mueven violentamente.
Algunos precavidos, que todavía tienen en su memoria aquel granizo trágico del 2006, corren a cubrir sus autos con frazadas.
Así llovía esa noche. Y nosotros lo mirábamos sentados en los sillones de la terminal “A” del Aeropuerto Internacional de Ezeiza.

Estábamos los tres frente al vidrio, con la mirada perdida en la pista de despegue mientras escuchábamos “tac, tac, tac” en el techo.
¿Volaremos?, preguntó mamá rompiendo el silencio.
No lo sabíamos, pero a mi no me hacía ninguna gracia pensar en volver a casa después de lo mucho que había esperado ese viaje.
La primera señal de alarma fue cuando nos retrasaron la partida. El vuelo debía salir a las 21:00 pero lo pospusieron para las 23:20.

Finalmente la lluvia se fue apaciguando y por altoparlantes se escuchó la voz de aviso para comenzar el abordaje. “Se anuncia la apertura de puertas del vuelo A321 con destino a la ciudad de Washington. Se le solicita a los señores pasajeros que formen filas dependiendo de su grupo, él que podrán encontrar en su tarjeta de embarque, muchas gracias”.
Luego de pasar por los estrictos controles de seguridad que se realizan cuando un vuelo parte hacia Estados Unidos, subimos.

No se si fue por la ilusión que tenía o porque el avión era realmente grande, pero ese Boeing me pareció gigante. La clase turista se componía de tres filas de asientos. Las que daban a las ventanas, a su vez, tenían tres butacas y la central, cinco.
No recuerdo la causa, pero a nosotros nos tocó a todos en la misma fila pero en lugares distanciados.
Mi papá quedó del lado derecho del avión, al lado del pasillo. Mi mamá quedó en el mismo lugar pero en la parte izquierda y yo quedé en el medio de la fila central, rodeada de desconocidos.
No nos hicimos mucho problema porque el plan era ver películas y dormir. Nunca fuimos una familia muy “pegote” así que estar doce horas separados no nos parecía la muerte de nadie.

Despegamos. Simulé masticar chicle como mi mamá me había enseñado. No se realmente si eso sirve para destapar los oídos; ¿algún otorrinolaringólogo entre los lectores?
Recliné mi asiento, me puse los auriculares de plástico que la azafata nos había repartido, y me dispuse a elegir una película para ver. “Ésta ya la vi, ésta también, ésta es de acción y las odio, con ésta seguro lloro y no quiero, bueno ya fue; miro Harry Potter”.
Si, soy ese tipo de personas. Si, sí Warner pasa una maratón un domingo a la tarde la voy a ver. Y mi preferida es “el prisionero de Azkaban”, por si se lo estaban preguntando.

****

El avión, pese a estar prendiéndose fuego; nunca perdió estabilidad. Poco a poco los pasajeros fueron dándose cuenta de lo que pasaba.
La escena era un poco extraña porque nadie empezó a gritar o correr como yo hubiera esperado, sino que todos experimentamos esa angustia interna que te hace un nudo en el pecho y te vuelve pequeñito frente al peligro.
A medida que pasaban los segundos nos hundimos más y más en nuestros asientos. Y parecía que nos resignamos a morir ahí, con el cinturón bien ajustado tal como nos lo había indicado la azafata.

En el aire se respiraba tensión. Todos miramos para abajo. Todos menos mi papá, que caído de su palmera siempre, se dio cuenta del fuego diez minutos después y con los auriculares aún puestos gritó:

CHE, ¿VIERON QUE SE ESTÁ PRENDIENDO FUEGO?.


Mi mamá y yo lo fulminamos con la mirada: “shhhhhhh”. Pero ya era tarde: ahí si empezaron los llantos desconsolados.
La señora de al lado mío era francesa y cazó un rosario de la mochila al mismo momento que se hacía una bolita para adelante y empezaba con un padre nuestro en francés.
A la mina de atrás de mi mamá le empezó a dar una ataque de pánico y el hijo de unos 12 años trataba de calmarla:

– Mami tranqui no va a pasar nada.
– Ay no lo puedo creer, no lo puedo creer. Me falta el aire, ayuda.
– Tranquila, ma. No llores, por favor. Tranquilizate.
– Es que no puede ser, no me puede estar pasando esto de nuevo.

¿De nuevo? Perdón señora, ¿dijo de nuevo? Miren que yo no creo en eso de ser yeta, pero si estás involucrado en más de un accidente aéreo dejame decirte que por el bien de la humanidad no deberías subirte nunca más a un avión.

Y así, uno a uno los pasajeros iban entrando en pánico. Yo seguía clavando los dedos en los apoyabrazos y me empezaban a doler de la fuerza que le ponía a mi único apoyo físico y moral. Y el ala seguía ardiendo.
No se si se dan una idea realmente de lo que es estar volando, con una turbina explotada, sin poder escaparte y con cientos de desconocidos alrededor. Ratifico, escribiendo este relato, que fue la única vez en mi vida que sentí algo parecido a un shock.

Unos quince minutos después de la explosión (si, todo lo que te conté arriba pasó en menos de quince minutos) el comisario de a bordo agarró su radio y por fin se comunicó con nosotros: Bueno señores pasajeros, hemos tenido un desperfecto técnico (no me digas, no me lo hubiera imaginado) y vamos a tener que regresar a la ciudad de Ezeiza. Les pedimos que guarden la calma y que nadie se levante de sus asientos. El comandante ya ha dado aviso a las torres de control. No hay peligro inminente de un accidente (el accidente ya pasó, querido) por lo que sobrevolaremos la zona por un rato hasta que el combustible nos permita aterrizar (es joda, ¿no?)”

Aplausos de pie para el piloto. Yo ni por un millón de dólares hubiese querido ser él en ese momento. Trescientas personas a bordo, un ala en llamas y una torre de control que, seguramente, le mandaba indicaciones cada dos segundos. Pero, aún así, el avión no perdió estabilidad jamás.
Si yo miraba para adelante, el vuelo parecía normal, todo el mundo sentado y la nave volando. Si miraba al costado: fuego. Nada, fuego. Nada, fuego. Nada, fuego. Así de irreal era.

Finalmente sobrevolamos Ezeiza. Llamado para los ingenieros aeronáuticos: resolvamos el temita del combustible. Hagamos una válvula para que el piloto pueda tirar la nafta en caso de emergencia. ¿Cómo vas a tener a 300 personas en pánico paseándose por el cielo bonaerense, capo? Perdón, me exalto un poco.
Pero la realidad era que ahí arriba todos queríamos sentir el ruido de las ruedas tocando la pista, nada más.

Es increíble la impotencia que te da estar en una situación límite y no poder hacer absolutamente nada para salvar tu vida. El instinto de supervivencia lucha con las reglas que otros te imponen, y como no sos un león no podes saltarle a la yugular a la azafata y obligarla a que te abra la puerta, aunque quisieras. Así me sentía yo, como tigre enjaulado. A diferencia de lo que muchos dicen, no se me pasó ningún recuerdo por la cabeza. Será porque nunca sentí que nos caíamos, simplemente seguíamos volando prendidos fuego.
A mi solamente me salía orar muy bajito y aferrarme al apoyabrazos: por favor Dios, por favor. Cuidamos Dios, por favor. Que no nos pase nada. Dios por favor. Traté a Dios como a un papá al que le piden autorización para que su hijo vaya a bailar. Repetía “por favor” cada dos frases.

Ninguna, reitero, ninguna azafata apareció por los pasillos desde que nos avisaron que volvíamos al punto de partida. A mi me parecía una falta de respeto, eran quienes debían tranquilizarnos. Ahora entiendo que ellas también debían estar asustadas como nunca.
Después de veinte minutos de paseo sentí el ruido más hermoso del mundo mundial: el golpe de las ruedas en el piso.
Aterrizamos como si nada. El descenso más prolijo jamás visto (¿Camila no estarás exagerando? Un poco, quizás, pero en aquel momento así me pareció).
Aterrizamos y reinó el silencio. Nada. El cartel luminoso de cinturones abrochados seguía prendido y las cabezas empezaron a levantarse mirando a todos lados; buscabamos alguien que nos asegurara que estabamos a salvo.

Carreteamos hasta que el piloto metió frenos y ahí supe que todavía algo andaba mal: no estábamos ni cerca de la terminal. Estábamos en medio de una pista, pasada la media noche, solos. Alrededor era oscuridad pura.
No sé si es que vi muchas películas o que mi formación actoral siempre me hace soñar con el protagonismo desmedido, pero imaginaba que el aterrizaje de un avión en llamas iba a ser un poco más dramático.
Quizás esperaba que la po-licía y los bomberos nos estén esperando, que nos evacúen a todos envueltos en mantas o que mi abuela aparezca corriendo en la pista porque nos vió por televisión.
Pero no, era oscuridad y silencio puro.
Para este entonces el fuego ya se había apagado y del ala solo salía una humareda negra espesa y constante. Igualmente eso no me dejaba nada tranquila, ¿no había ninguna posibilidad de explosión?

“Señores pasajeros, gracias por su paciencia. Lo que sucede es que al ser de madrugada no hay ningún personal en el aeropuerto en estos momentos, por lo que nadie puede recibirnos (posta, ¿en serio?). Ya dimos aviso a la torre para que los servicios de emergencia puedan asistirlos pero le pedimos paciencia un rato más”.
Un rato más fueron dos horas. Si, bienvenidos a Argentina. Dos horas nos tuvieron frenados en la pista en medio de la oscuridad total y con el humo saliendo sin cesar.

La gente llamaba a sus familiares para que los vengan a buscar de la manera que fuese.
Una mujer que parecía trabajar en los medios hablaba con un tal Rubén para que empiecen a armar una nota sobre la vergonzante manera en que American Airlines había manejado la situación.
La francesa de al lado mio no soltaba el rosario. La familia de atrás de mi mamá ya no lloraba pero no dejaban de abrazarse. Segunda catástrofe a la que ha sobrevivido señora, muy bien. Ahora por favor nunca más se suba a un avión.

Luego de dos horas empezamos a ver luces en la pista: dos camiones de bomberos y cuatro patrulleros se acercaban a toda velocidad al avión mientras que cinco micros de pasajeros venían a nuestro rescate. Ahora sí llegaría mi bajada triunfal.
Por supuesto que no fue triunfal para nada, estaba cansada, transpirada, despeinada y ya me había olvidado de los planes geniales que teníamos para cuando pisáramos Nueva York.
Baje encandilada por las luces y un empleado me guió hasta uno de los micros donde, por fin, pude abrazar a mamá. Papá, por supuesto, hizo chistes al respecto y mencionó que esa experiencia era digna de ser escrita. Bueno Gabriel, aquí llegué ocho años después. Me tardé pero lo hice.

Por supuesto que el trámite de recuperar nuestras valijas y saber que beneficios nos correspondían tomó otras dos horitas así que para cuando llegamos a casa debían ser más de las seis de la mañana.
Llamé a mi madrina, que es mi abuela de corazón, y le contamos lo que había pasado:

– ¿Queeeeeeee? ¿Cómo que se prendió fuego? Me imagino que no van a seguir viajando, ¿verdad?, me gritó del otro lado del teléfono.
– Martha, obvio que voy a seguir viajando. Mañana salimos para Washington.

Lo demás, es este libro.

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